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jueves, 15 de diciembre de 2016

Coliseo



Fotografía de Manuel Fuentes

El Coliseo *

¡Eres un símbolo constante de la fiel y antigua Roma!
¡Excelente relicario de sublime admiración,
que a esta época legaron aquellos tiempos ya idos
cuya pompa y poderío parecen ensoñación!
Tras largo peregrinaje y ardiente sed de tu ciencia,
me humillo con reverencia en las sombras de tu historia,
y transformada mi alma, sacia su sed de belleza,
comtemplando tu grandeza, tus tristezas y tu gloria.
¡Oh, profunda inmensidad, tiempo y recuerdo de antaño,
desolación y silencio, noche grandiosa, admirable!
al percibiros comprendo vuestra mágica pureza
en la perenne realeza de tu fuerza indomable.
Vuestros dulces sortilegios son mejores para mí
que los que el rey de Judea hiciera en Gethsemaní.
Ni la encantada Caldea jamás consiguó arrancar
a las estrellas prodigios cual vense en este lugar.
Donde un héroe cayera, hoy cáese una columna...
y, donde el águila escénica envuelta en oro brilló,
hoy el vampiro revuela al llegar la medianoche
y en fantántico aquelarre este lugar convirtió.
Aquí do las cabelleras de las matronas romanas
balancenceaban al viento el rubio de sus colores,
hoy sólo se balancean el cardo y la débil caña...
han cesado aquellos días de sublimes esplendores.
Y, donde el rey poderoso su trono de oro tenía,
ágil y oscuro lagarto viene siempre a recorrer;
y hacia su casa marmórea cual espectro se desliza
a los pálidos reflejos de la luna en su crecer.
Mas yo pregunto: esos muros, esas inertes arcadas
junto a zócalos de muzgo hoy de hiedra revestidas,
esos relieves tan vagos, esos frisos tan ruinosos,
esas cornisas tronchadas y piedras enmohecidas,
¿es ésto cuanto dejaron las horas y tiempos idos?;
¿es lo único que resta de su fama colosal?;
¿es cuanto a mí y al Destino aquella época ha legado,
de su firme poderío y su obra escultural?
Eso no es todo —responden en aquel lugar los ecos—:
voces graves y proféticas hay en nuestro corazón...
y toda ruina recuerda las ideas de los sabios
semejantes a los himnos que al sol dedicó Memnón.
Aún reinamos poderosas en los más grandes señores;
asentamos nuestro imperio en las almas gigantescas...
no; no somos impotentes...; queda nuestro poderío,
nuestra gloria y nuestro nombre, aunque pálidas nos veas.
Las mil y una maravillas que estáticas nos circundan,
y recuerdan nuestra estirpe, nuestra gala y nuestra historia,
se han prendido a nuestros flancos... y su admirable vestido
nos envuelve entre su manto más fulgente que la gloria.

* El Coliseo es un poema de Edgar Allan Poe.